Cuando Cristóbal Colón llegó a Sevilla, ésta era la primera ciudad en importancia y riqueza del Reino, tanto por su población como por contar con el puerto de mayor relevancia de España.
Por aquella época, Sevilla era una ciudad marinera en la que los mareantes incluso constituyeron una cofradía de mucho prestigio. Triana era un extenso arrabal al que llegaban numerosos marineros, como el ya famoso Rodrigo de Triana, quien vio por primera vez el Nuevo Mundo. Por otra parte, el actual barrio del Arenal (la orilla opuesta) era un lugar repleto de sedimientos en el que se construían naves y se tejían redes.
Colón quiso establecerse en Sevilla para aprender y empaparse del arte de la navegación. Tanto es así que la fabricación de mapas marítimos fue su sustento mientras vivió en la capital.
En Sevilla preparó sus viajes a las Indias y gozó de una gran admiración. Sus hazañas asombraban a toda la población y gozaba de la simpatía de todos los poderes de la ciudad.
Entre 1501 y 1502, preparó aquí su último viaje. Quizá viendo que su final estaba próximo, pidió que se le enterrase en el Monasterio de Santa María de las Cuevas.
En 1899, cuando España perdió sus últimas colonias en América, los restos (que anteriormente fueron llevados a la isla de Santo Domingo) regresan a la Catedral de Sevilla, donde se encuentra en la actualidad.
Sevilla es, sin lugar a dudas, el lugar que más recuerdos guarda de Cristobal Colón: Sus cenizas, las de su hijo Hernando Colón, sus libros de estudio, y sus manuscritos (como el llamado Libro de las Profecías).
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